jueves, 30 de julio de 2015

UNA FE ADULTA (y 3)


Sigo reflexionando sobre el infantilismo y la desaparición de los chicos y chicas de 15-16 años de nuestras comunidades parroquiales.
Precisamente me ha llegado a las manos un decálogo elaborada hace unos años por el lingüista norteamericano Noam Chomsky: “Lista de las 10 estrategias de manipulación a través de los medios”. Son éstas. Después de cada una y entre paréntesis he añadido lo que me ha parecido un ejemplo de esta estrategia en el ámbito eclesial:

1) La distracción: desviar la atención del público de los problemas importantes, por medio de la técnica del diluvio o inundación de distracciones e informaciones insignificantes. (Algunas celebraciones no son más que un diluvio de distracciones, por no hablar de según qué homilías. ¿Y qué decir de los catecismos, que hablan de todo y a menudo olvidan, e incluso esconden, lo más importante: el amor incondicional, la misericordia sin límites, la inclusión radical del mensaje de Jesús?)

2) Crear problemas y luego ofrecer soluciones, como por ejemplo crear una crisis económica para hacer aceptar como mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos. (Todo el tema del pecado y la redención está directamente relacionado con esta estrategia. Un pueblo de pecadores, hundido bajo un sentimiento de culpa, un pueblo por tanto que fácilmente renuncia a sus derechos y acepta las barbaridades de las jerarquías sin rechistar).

3)     La gradualidad: para hacer que se acepte una medida inaceptable, aplicarla gradualmente, año tras año, tal como se ha hecho con las privatizaciones, la precariedad, el recorte de los sueldos. (Aquí viene como anillo al dedo recordar las intrigas palaciegas de la curia vaticana, una auténtica maestra de la manipulación…)

4)     El diferir: presentar una decisión impopular como “dolorosa y necesaria”, como sacrificio para el futuro. (¿Quién no ha escuchado por boca de una persona piadosa, sacerdote o no, aquello de “llevar la cruz para alcanzar la vida eterna”? Aún recuerdo una homilía muy reciente de un curilla joven que invitaba a renunciar al propio albedrío porque “el papa sabía lo que había que hacer, porque es el vicario de Cristo en la tierra”. ¿Qué chico o chica de 15 años es capaz de escuchar esto y no salir huyendo?)

5)     Dirigirse a la gente como a niños: la mayoría de la publicidad utiliza discurso, argumentos, personajes y entonaciones infantiles, próximos a la debilidad mental. (Citemos aquí algunos “tonillos” que utilizan no pocos curas, y, nuevamente, algunas homilías que parecen dirigidas, efectivamente, a débiles mentales).

6)     Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión, cosa que causa un cortocircuito en el análisis racional y en el sentido crítico de las personas. (Me viene a la mente la película “La pasión de Cristo”, de Mel Gibson, en la que imperaba la víscera, literalmente, por encima de cualquier intento de reflexión histórico-crítica sobre la tortura, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Algunos discursos que se escuchan en nuestras celebraciones, ya sean moniciones, oraciones de los fieles o homilías, abundan en este aspecto emocional que imposibilita una profundización y un avance en la vida espiritual de los que los escuchan).

7)     Mantener a la gente en la ignorancia y la mediocridad, de forma que la distancia ignorante entre las clases inferiores y las superiores sea insalvable para las clases inferiores. (El ejemplo que ponía en el primer artículo de esta trilogía, de aquel profesor de Sagrada Escritura que hacía dos discursos distintos sobre la resurrección de Jesús: uno dirigido a los clérigos en formación y otro dirigido al mal denominado “pueblo fiel”. O la insistencia de algunos curas en el “Jesús dijo” o “Abraham hizo”, cuando todos los estudiosos de la Biblia coinciden en que ni Jesús nunca dijo aquello ni Abraham hubiese sido algo más que un mito).

8)     Estimular a la gente en ser complaciente con la mediocridad.(Una estructura eclesial fuertemente jerarquizada, en la que las bases sólo pueden obedecer sin rechistar, sin reflexionar, sin cuestionar. Unas bases que devienen profundamente mediocres).

9)     Reforzar la auto culpabilidad: hacer creer a la persona que ella sola es la culpable de su desgracia y de sus fallos. (La insistencia en las nociones de pecado, de redención, de reparación en muchos discursos eclesiales favorece la visión de un@ mism@ como indigno, como mediocre, como falto de algo. Lo contrario sería la insistencia en la teología de la bendición original, que insiste en nuestra realidad “bendecida”, positiva, profundamente divina).

10) Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen. (El ejemplo de esta estrategia no puede ser otro que el de las jerarquías y la clerecía en general, que teóricamente ha hecho voto de celibato y que, por tanto, no conoce de primera mano la conyugalidad, pontificando, juzgando y aconsejando sobre sexualidad, amor, matrimonio, familia, pareja y relación padres-hijos)

Chomsky elaboró esta lista pensando en los medios de comunicación, pero yo no he podido evitar trasladarlas al ámbito eclesial. Seguramente que muchos de sus ejecutores en las iglesias no son del todo conscientes del poder manipulador e infantilizador de estas estrategias.


Termino esta trilogía de artículos sobre la fe adulta haciendo un llamamiento para construir comunidades adultas y responsables, que sean un contrapunto positivo a la manipulación que nuestros y nuestras jóvenes encuentran cada día en la calle, en la escuela, en los medios de comunicación, en el grupo o incluso en casa. Hagamos de nuestras comunidades ámbitos de adultez, de reflexión, de sentido crítico, de conocimiento, de coraje. Quizás así nuestros y nuestras jóvenes encuentren razones para permanecer en nuestras comunidades. ¡Quizás así estaríamos anunciando realmente una Buena Nueva!

lunes, 27 de julio de 2015

Habrá en la Iglesia alguien que se atreva?

¿Habrá en la Iglesia alguien que se atreva?, por Pablo d'Ors
Los sacramentos de la Iglesia ya no significan casi nada para la inmensa mayoría de quienes aún participan en ellos. Un signo que deja de significar ya no es un signo, sino un juego de magia.
Los ritos cristianos y los símbolos en que se fundamentan han degenerado, para la mayoría de los creyentes, en pura magia. Por supuesto que los hombres y las mujeres de hoy seguimos necesitando de la magia, es decir, de palabras y gestos que de un modo automático e irracional nos vinculen con lo trascendente. Pero esa no es la cuestión.
Sostengo que muchos de los comportamientos de sacerdotes y laicos durante la celebración eucarística son fundamentalmente mágicos, no religiosos. ¿Te imaginas a los apóstoles arrodillándose ante el pan o a Jesús recogiendo las miguitas del plato? Estos comportamientos reflejan que nuestra actitud ante el signo sacramental es mucho más mágica que religiosa.
Para que puedan significar, los signos han de entenderse. La doctrina del ex opere operato, la que postula que el sacramento es eficaz con independencia de la comprensión de quien lo recibe, ha desvinculado al signo del sujeto y lo ha degenerado y cosificado. Los sacramentos hay que entenderlos, al menos en alguna medida. De lo contrario, no sacramentalizan nada, que es lo que sucede hoy en nuestros templos. Nadie entiende nada. A lo que más me recuerdan nuestras misas es al teatro del absurdo de Beckett.
Pongamos el ejemplo de la Eucaristía, cuyos símbolos son el pan y el vino. El pan es, desde luego, algo cotidiano, blando y nutritivo. Que el pan sea símbolo de Dios significa que Dios es algo cotidiano, que Dios es blando, que Dios es nutritivo. Pero si el símbolo es el pan, el signo o sacramento es el pan partido, repartido y comido. Así que de lo que se trata es de partir y repartir el pan conscientemente; de llevárselo a la boca conscientemente; de, conscientemente, masticarlo y tragarlo.
Conscientemente significa a sabiendas de que no se trata solo de dar pan a los demás, sino de ser pan para ellos, de convertirte en el alimento que alivia su necesidad. Comer de este Pan nos da fuerza para ser pan. En esta misma línea, el signo no es simplemente el vino, sino el vino repartido y bebido. Beber de este Vino nos posibilita ser vino para los demás. Y el vino es la sangre, es decir, la vida: ser la vida para los demás.
Y eso de reservar la eucaristía en un sagrario, ¿a qué viene? ¿No hemos dicho que el verdadero signo es partirlo? Prueba de que nuestra mentalidad es mágica, es que pensamos que Dios está en el sagrario más que fuera de él. Pero eso... ¡es absurdo! No es que esté allí más que en otra parte. Es que está allí para... significarnos que está en todas partes, para que lo recordemos. Dios está en todas partes, decimos, pero luego nos empeñamos en meterle en una caja. Meterle en unas teorías que llamamos teologías y en unos símbolos que llamamos sacramentos, pero que no sacramentalizan nada.
Solo queda una solución: explicarlo todo como si nunca se hubiera explicado, pues quizá esa es la situación; y queda, por supuesto, realizarlo todo como si fuera la primera vez, pues acaso lo sea de verdad. Veremos entonces, maravillados, la potencia de nuestros símbolos, redimiremos nuestros ritos, descubriremos, en fin, su poder transformador del alma humana.
Pero, ¿habrá en la Iglesia alguien que se atreva? ¿Habrá alguien que presente estos símbolos y ritos no solo como aquellos en los que se cifra la más genuina identidad cristiana, sino como símbolos y ritos de valor universal, aptos para todos, cristianos o no? ¿Habrá alguien, en fin, que presente el cristianismo como religión y humanismo inclusivo, no excluyente ni exclusivo?
El respeto a la diferencia de otras tradiciones espirituales no debe hacernos perder la visión del cristianismo como propuesta humanizadora universal. Detecto en mis contemporáneos no solo un hambre de espiritualidad, sino un deseo de recuperar, de forma comprensible y actual, la tradición religiosa de la que provenimos. El cuidado del silencio, una sensibilidad que está creciendo, comportará un cuidado de la palabra y del gesto. Pero, ¿habrá en la Iglesia alguien que se atreva? ¿Dónde estarán los profetas que nos hagan entender que solo hay posible fidelidad al pasado desde la creatividad y la renovación en el presente?
Pablo d'Ors, sacerdote y escritor
En el nº 2.947 de Vida Nueva

martes, 14 de julio de 2015

¿EXISTE 'DIOS'? ¿QUÉ 'DIOS'?, por Xose Arregi


¿EXISTE 'DIOS'? ¿QUÉ 'DIOS'?

¿Tiene sentido hablar de Dios a la vista de tanto dolor, de tanto drama en la Tierra, del Congo a Mali, de Sudán a Ceuta y Melilla, de Siria a Afganistán y Pakistán, de Venezuela a Méjico, de la especulación al hambre, de la corrupción al paro, de la angustia al suicidio? Todo depende de lo que entendamos por "Dios".
Me asombra que, hoy todavía, sesudos teólogos, filósofos y científicos sigan discutiendo acaloradamente sobre si existe o no existe "Dios" –unos lo defienden, otros lo refutan– sin antes decirnos qué entienden por "Dios". Pero, a decir verdad, comprendo mejor a los ateos que niegan al "dios" que imaginan que a muchos teólogos que parecen sostener al "dios" que niegan los ateos.
Los ateos niegan la existencia de un dios separado del universo y necesario para explicarlo, un dios que existiría "desde antes" del universo y "fuera" de él, un dios que poseyera o que fuera la explicación –misteriosa, incognoscible– de que el mundo sea como es, con sus enigmas y dolores, un dios causa y motor primero de la realidad existente, fundamento y garante exterior del orden físico y del orden ético, un dios sin el que la bondad y la justicia carecerían de sentido, un dios omnipotente que pudiendo intervenir no interviene o que no interviene porque no puede, que actúa en el mundo cuando quiere o que no actúa para "respetar la autonomía del mundo", un dios que habla cuando lo desea o que calla por alguna razón que ignoramos, un dios que no pudo crear sino este mundo tal como es con su inmenso dolor o bien porque no pudo crear sino un mundo finito y por lo tanto sufriente o bien porque quiso respetar la libertad humana, capaz de hacer tanto bien pero también tanto daño... Un dios ente, el Ente Supremo, Algo o Alguien anterior y exterior al mundo.
Tal es el dios que niegan los ateos. Y hacen bien en negarlo, pues no existe. Tiene razón R. Dawkins al negar a un dios diseñador y creador que habría determinado de antemano toda la evolución del cosmos y de la vida, con el ser humano como centro y cima; efectivamente, un dios así es un constructo humano, un "espejismo". Tiene razón D. Dennet al negar a un dios causa necesaria del espíritu o de la conciencia o de la "libertad" humana, un dios causa distinta y separable de la realidad que llamamos materia; Dios y la realidad infinitamente abierta e infinitamente fecunda que es la materia-energía no son dos realidades que se puedan contraponer o añadir la una a la otra; la "materia" es siempre (¿"eternamente"?) más que lo que entendemos por "solo materia", y Dios no puede ser concebido como algo o alguien separable de ella. Tiene C. Hitchens al negar a un dios fundamento externo del mundo, necesario para explicar su existencia, o al negar a un dios que interviniera en el mundo desde fuera de él. Tiene razón S. Harris al negar a un dios garantía o justificación de la ética o del humanismo, como si para ser buenos necesitáramos una razón, un por qué; no hay atrocidad que no se haya cometido en nombre de dios; es decir, la fe en dios nunca ha sido garantía de bondad; todo depende, pues, de lo que se entienda por fe y de lo que se entienda por "dios".
Sin embargo, ¿no es demasiado burda la crítica de Dios de los autores mencionados? Ciertamente lo es. Pero debemos preguntarnos por qué gente tan inteligente sigue teniendo una imagen tan burda de Dios. Ciertamente, los ateos no dicen todo lo que se puede decir acerca del misterio indecible que llamamos Dios, pero los creyentes y los teólogos no deben empeñarse en afirmar al dios que niegan los ateos, sino al Dios del que no hablan. La afirmación de Dios ha de empezar allí donde termina la negación de los ateos.
Así lo han hecho los místicos de todas las religiones. También ellos, en virtud de su propia fe, se han visto conducidos a negar, desde dentro de la fe, al dios que niegan los ateos. Harían bien los teólogos en hacer como los místicos. Harían bien en partir del punto al que llegan los ateos y tratar de ir más allá, buscando y arriesgando nuevas palabras, imágines y horizontes. Más allá del ateísmo que niega al dios que no existe, pero más allá también del teísmo que afirma a un dios Ente Supremo, un ser consciente y libre otro o distinto del mundo.
Aventuremos palabras. "Dios" ni existe ni no-existe: es la Existencia. No está cerca ni lejos, ni presente ni ausente, ni está ni no-esta: es la Presencia. No es ni uno ni muchos. No es ni lo mismo ni distinto del mundo. No es menos que algo (nada), ni menos que persona (impersonal), pero no es Alguien, no es "otro" de nada y de nadie. Es el no otro de todos los seres. Es el Corazón latiente del mundo, de cada ser, de cada átomo, partícula y partículas de partícula si las hay.
Dios es el fondo de la realidad (Tillich), el poder de lo real (Zubiri), el silencio revelado como tal (Panikkar). Es Nada de cuanto es y decimos, es el Todo en todas las cosas, es el Vacío Pleno en todo lo que se manifiesta, más allá de inmanencia y trascendencia. Es la Presencia eterna en el instante.
Hoy se echan de menos teólogos a la altura de Nietzsche, antiteísta místico, profeta de los nuevos tiempos religiosos. Teólogos que aúnen la mirada mística con la visión científica de un universo o de un multiverso interrelacionado y dinámico, inacabado y evolutivo. Creyentes y teólogos que, más allá de creencia e increencia, pronuncien a Dios con su palabra y su vida como el misterio más hondo y real, como el Espíritu divino, como el aliento vital en el corazón de cuanto es. Que, al pronunciar a Dios lo hagan ser y recreen el mundo: "Hágase". Dios es el Aliento que nos habita y nos hace ser y que hacemos ser cuando somos.
En este mundo con tantos enigmas, con tantos dolores, no es inútil tratar de decir palabras creadoras sobre la Compasión que nos habita y nos une, sobre la Gracia que nos mueve en lo más profundo a cambiar las lágrimas en consuelo, a poner paz donde hay odio, a llenar de pan las mesas vacías, a seguir a creando este mundo inacabado.

José Arregi



martes, 23 de junio de 2015

ANDAR EL CAMINO DE LA VERDAD





"Porque soy libre, no condicionado, total-no una parte, no lo relativo, sino la Verdad total que es eterna, deseo que aquellos que buscan comprenderme sean libres; que no me sigan, que no hagan de mi una jaula que se tornará en una religión, una secta. Más bien deberían liberarse de todos los miedos: del miedo de la religión, del miedo de la salvación, del miedo de la espiritualidad, del miedo del amor, del miedo de la muerte, del miedo de la vida misma. Así como un artista pinta un cuadro porque se deleita en esa pintura, porque ella es la expresión de su ser, su bienestar, su gloria, así hago yo esto, y no porque quiera nada de nadie.

¿Para qué, pues, tener una organización? Como dije antes, mi propósito es hacer que los hombres sean incondicionalmente libres, porque sostengo que la única espiritualidad es la incorruptibilidad del propio ser, que es eterno, que es la armonía entre la razón y el amor. Esta es la absoluta incondicionada Verdad que es la Vida misma. Deseo, por lo tanto, que el hombre sea libre, que se regocije como el pájaro en el cielo claro; libre de toda carga, independiente, extático en esa libertad.

Yo sostengo que la Verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta.

La Verdad está en cada uno de nosotros; no está lejos ni cerca; está eternamente ahí.

Aquellos que realmente deseen comprender, que traten de descubrir lo que es eterno, sin principio y sin fin, marcharán juntos con mayor intensidad y serán un peligro para todo lo que no es esencial, para las irrealidades, para las sombras. Y ellos se reunirán y se volverán la llama, porque habrán comprendido. Un cuerpo así es el que debemos crear y tal es mi propósito".


KRISHNAMURTI, Discurso de disolución de la Orden de la Estrella de Oriente
(2 agosto 1929).

[Esta Orden había sido fundada en 1911,
para proclamar el advenimiento del Instructor del Mundo].


sábado, 20 de junio de 2015

Una fe adulta (2)

En el artículo anterior daba mi opinión sobre el hecho que los chicos y las chicas suelen abandonar nuestras comunidades a partir de los 15-16 años, relacionando este hecho con la religión mítica infantil que llena nuestras celebraciones y los discursos que se escuchan en ellas.
Muy relacionado con este hecho está la concepción del cuerpo y de la sexualidad. En este caso, esta concepción proviene de escuelas de pensamiento dualista (cuerpo/espíritu) o neoplatónicas que dominaron los primero siglos de nuestra era y que influyeron de forma (desgraciadamente) decisiva en los textos bíblicos, especialmente en los de que denominamos Nuevo Testamento. Desde entonces, pues, arrastramos una sospecha congénita de todo lo que sea cuerpo y material, mientras que lo inmaterial y espiritual concita los aplausos y las alabanzas más unánimes.
Pero el tema no termina aquí, sino que junto con la desconfianza del cuerpo encontramos la desconfianza y la condena de los placeres de los sentidos, como si no formasen parte de la maravillosa creación divina. Hace unas semanas precisamente aún podía oír cómo unos pobres chiquillos de 7 u 8 años renunciaban a “los placeres” como parte del rito de su bautismo, delante de toda la comunidad parroquial en la misa del domingo.
Así pues, yo creo que el abandono de nuestras comunidades por parte de nuestros chicos y chicas de 15-16 años está relacionado también con el rechazo de todo aquello que es corporal y placentero en los discursos que se escuchan en sus celebraciones. Tienen un cuerpo, ciertamente, pero que tienen que “conservar puro” hasta que encuentren a la persona del otro sexo adecuada con quien pueda casarse. ¿Acaso no es terriblemente cruel, en una época de su vida en que descubren su cuerpo y la sexualidad, conminarlos a que lo encierren todo en un cajón hasta que encuentren a la persona con quien formar una familia? ¡Y además que sea del sexo contrario! Y como no se pueden poner puertas al campo, nuestros jóvenes viven el estallido de sus cuerpos y de su sexualidad como una cosa negativa.
Así pues, es perfectamente normal (y yo añadiría que muy sano) que nuestros jóvenes huyan en estampida de un espacio y una compañía en el que son obligados y obligadas a hacer mil filigranas para vivir y disfrutar de sus cuerpos.

Porque los que hemos permanecido en ellos hemos tenido que hacer un proceso largo y doloroso para poder superar esta sospecha sistemática de la obra maravillosa de la creación que son nuestros cuerpos. ¿O no?

martes, 7 de abril de 2015

HASTA DARME CUENTA DE QUE SOY VIDA



Un escrito de una amiga de un gran maestro, que comparto. Cuidemos que no nos pase la vida esperando no se sabe qué...

HASTA DARME CUENTA DE QUE SOY VIDA

21 marzo 2015


¿Alguna vez he permitido a la Vida manifestarse en mí tal y como ella es? ¿Alguna vez la he dejado actuar? ¿Alguna vez he escuchado lo que tenía que decirme? ¿Alguna vez he mirado en la dirección que ella me indicaba?

Nunca. Siempre he pretendido llevar el control. Siempre me he creído dueña y señora de mi destino, de mi pasado y mi futuro; y cuando las cosas no salían como yo tenía previsto, me bastaba asumir el papel de víctima y pensaba que esa misma Vida, a la que yo ignoraba, era cruel e injusta conmigo. Yo siempre tenía razón; la Vida siempre estaba equivocada.

Ella no ha dejado de susurrarme, de inspirarme, de reconducirme y yo he estado continuamente dándole la espalda, apartándome de los lugares a los que ella me conducía, como si la sabia fuera yo y la Vida la ignorante.

Así nos hemos pasado casi sesenta años, prácticamente toda una existencia, Ella queriendo mostrarse, yo mirando hacia otro lado.

Y el tiempo se agota, la Vida no puede esperar más, la arena del reloj se desliza y yo sigo sin querer ver, sin querer escuchar y a Ella se le termina su infinita paciencia.

No hay nada más desesperante que un ser humano que se cree poseedor de la verdad, que es incapaz de darse cuenta de que se ha fabricado un sueño y que vive dentro de él confundiéndolo con la realidad.

La Vida me ha hecho muchas advertencias: fracasos, desamores, pérdidas, abandonos, frustraciones, pero a pesar de todo yo he seguido caminando según mis propias reglas, como si supiera a dónde me dirigía, sin darme cuenta de que cada desengaño era una advertencia para cambiar el rumbo, un buen consejo para tomar otro camino.

Ante mi ceguera, ante mi sordera, ante mi tozudez, a la Vida no le ha quedado más remedio que pararme en seco; no le he dejado otro recurso más que el de mostrarse ante mí en toda su crudeza, en toda su fuerza. El cáncer ha sido la única manera de hacerme despertar de este sueño absurdo en el que llevo sumergida toda mi existencia.

El cielo se ha derrumbado sobre mi cabeza y el suelo se ha abierto bajo mis pies y todo ese inmenso artificio que he construido durante casi sesenta años se ha venido abajo, se ha pulverizado.

Me he quedado sola, desnuda, sin nada a lo que agarrarme, sin ningún lugar en el que refugiarme. La Vida me ha obligado a salir de la concha en la que me había escondido, del sueño en el que me había ocultado. La Vida me ha forzado a levantar la cabeza y a mirarla directamente a los ojos.

Pero Ella me ha dado una nueva oportunidad, tal vez la última, un nuevo comienzo, como si hubiera vuelto a nacer pero conservando todo lo experimentado, todo lo aprendido, todo lo sufrido. Como una niña-vieja que puede recordar sus errores y a la que aún le quedan fuerzas para caminar aunque no sepa ni quién es, ni siquiera si habrá algún sendero que recorrer, o será ella quien tendrá que abrirse camino entre la maleza.

Porque ahora todo ha cambiado, desde mi cuerpo hasta mi mente. Nada de lo que antes me configuraba me sirve ya, todo se me ha quedado pequeño, absurdo, inútil.

Sola, desnuda, sin saber quién soy ni en qué creo, sin prestar oídos ni a mi mente ni a mis pensamientos, que ahora sé que solo son un producto de esa mujer que ya no existe, que no es real, al igual que no lo es mi ego ni mi personalidad. Sola, desnuda, en medio de este inmenso desierto de arenas blancas donde no existe ni el norte ni el sur, ni el este ni el oeste, ni el cielo ni la tierra. Sola, desnuda, sin Dioses en los que creer ni a los que orar. Sola, desnuda, rodeada de vacío, de silencio, mientras me doy cuenta de que al fin, por primera vez en sesenta años, me siento VIVA.



viernes, 20 de marzo de 2015

UNA FE ADULTA?

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué la mayoría de los chicos que hacen catequesis y la "primera comunión" en nuestras comunidades cristianas desaparecen los 15-16 años? Yo hace tiempo que le doy vueltas, mirando como sube año tras año la media de edad de los y las que participamos en las celebraciones religiosas.
Una causa posible yo creo que puede ser el infantilismo de la mayoría de conceptos que encontramos en nuestra praxis religiosa, y sobre todo en lo que dicen los líderes de nuestras comunidades. Me refiero tanto a la exégesis bíblica como los "consejos" para nuestra vida espiritual. ¿No creeis que nos mereceríamos unas interpretaciones menos literales y más adultas de los textos bíblicos? ¿Es necesaria la insistencia en "Jesús dijo" o "Abraham hizo", cuando muy probablemente ni Jesús dijo nunca eso o ni siquiera Abraham existió? Todo ello por no hablar de los "consejos" para nuestra vida espiritual que, como mucho, no hacen más que repetir lo que hemos oído tantas veces desde nuestra más tierna infancia.
¿Qué pediría? Sencillamente que nos traten como personas adultas e inteligentes que somos. Los textos bíblicos no son narraciones como las que encontramos en los actuales libros de historia. Son relatos para alimentar la vida espiritual y la fe de las personas a las que van dirigidos. Y es justamente eso lo que queremos oir en nuestras celebraciones. Cada vez que un cura pronuncia el fatídico "Jesús dijo", no puedo evitar sentirme ofendido, porque considero que aquel hombre me considera un niño incapaz de saber y entender lo que él sabe.
Y para terminar dejadme compartir una anécdota de mis años de formación religiosa. Un presbítero sapientísimo nos hizo una clase sobre la resurrección de Jesús y sobre el mismo hecho de la resurrección. En resumen nos dijo que los textos explicaban la experiencia íntima de las primeras comunidades de seguidores de Jesús, que lo sentían vivo y entre ellos y ellas. Creo que no habían pasado ni dos horas cuando el mismo presbítero sapientísimo hacía la homilía en la iglesia. Como os podéis imaginar no dijo absolutamente nada de lo que nos había explicado en clase. En la efervescencia de mis veintypocos años, fui a interpelarle enseguida. Su respuesta fue que "la gente no entendería lo que os conté a vosotros."
¿No podría ser que nuestros chicos y chicas de 15-16 años se marchen de un lugar donde todavía se les trata como niños y niñas?